miércoles, 17 de enero de 2018

Puente Vecchio

  

   Cerca de de la Plaza de la Señoría,  el río Arno a su paso por Florencia cruza desde tiempos inmemorables el famoso Puente Vecchio, puente medieval con viviendas, comercios y el Corredor Vasariano, el pasadizo superior  construido por Vasari  para que los miembros de la familia Médici pudiesen cruzarlo sin peligro  desde  el centro político de la ciudad (Palacio Viecho) a  la residencia privada de la familia Medici (Palacio Pitti, al otro lado del río).  Pero, ¿quiénes eran los Médici? La historia del arte, la literatura y los archivos desvelan muchos datos sobre aquella poderosa familia toscana. Vicente Blasco Ibáñez destaca: 

   Nunca existió una Florencia única. Desde los primeros siglos de la Edad Media aparece partida en dos, y el continuo subir y bajar de  la balanza, el encumbramiento de una parte con la ruina de la otra,  constituyen toda su historia. Primero una interminable serie de condes, marqueses y duques  que se disputan el señorío de la ciudad, haciendo que el populacho imbécil  se rompa la cabeza por defender sus intereses particulares. Después la condesa Matilde, que sentía tal adoración por la santidad del pontífice, que  dormía en su propio cuarto, regala la Toscaza al Papado; y como este país era un feudo del imperio, empieza la cuestión entre los dos poderes, que dura la friolera de tres siglos, con el consiguiente acompañamiento de degollinas en masa,  racimos de hombres en las horcas y excomuniones horrendas, que si ahora hacen reír, en aquellos tiempos quitaban el apetito al más valiente. Por fin, cuando los gibelinos triunfan, se aburren hallándose en santa paz, y por pasar el tiempo divídense en blancos y negros y se ponen verdes a fuerza de propinarse palizas en las calles de Florencia o en las llanuras toscazas. 

   Es casi un milagro que Florencia haya podido no sólo subsistir, sino ser el emporio de la cultura italiana a través de las sangrientas aventuras, de las vengativas revoluciones que duran siglos y más siglos. Si triunfaban los güelfos, su primera ocupación era arrasar los palacios de los vencidos, talar sus jardines, degollar a todos los que hallaban a mano, y poco después, cuando los gibelinos que estaban en la emigración conseguían a su vez el triunfo, por no ser menos, repetían idéntica operación. La ciudad estaba en revolución perpetua, y los que lograban librarse de la horca o de una de aquellas famosas puñaladas florentinas, tenían que emigrar un sinnúmero de veces, y pensaban que el morir en la cama era raro privilegio, reservado únicamente a frailes y obispos.

   Cuando el poder pasó a  manos del pueblo en el siglo XIV, proclamándose la República florentina, renació la tranquilidad; pero entonces lentamente comenzó a formarse un nuevo peligro con el fabuloso enriquecimiento de la familia de los Médicis, unos comerciantes astutos que se propusieron ser reyes y explotar a los pueblos como habían explotado a sus clientes. Primero el gonfalonero Silvestre, combatiendo por la causa del pueblo; después Juan, que halagaba al populacho con sus riquezas hasta hacerse titular el primero de los ciudadanos; a continuación Cosme, al que llamaron padre de la patria, un hipócrita hasta la sublimidad que, haciéndose el humilde, consiguió gobernar la República durante treinta años como un rey absoluto, sin protesta alguna; y por fin Lorenzo el Magnífico, que, rodeándose de los primeros sabios y artistas del mundo, cegó a un pueblo amante de la belleza con los rayos esplendorosos del arte, mientras él afirmaba el porvenir de la familia, convirtiendo en soberanía hereditaria una simple magistratura republicana. 

   Cuando el pueblo se convenció de que llevaba cadenas que eran de oro, pero le hacían esclavo, ya era tarde. Levantase sobre los Medicis el puñal de la conjuración de Pazzi; corre la sangre, pero queda la semilla de la ambiciosa familia. Surge Savonarola, alma republicana, empleando el Evangelio como arma de revolución, pero su triunfo es efímero, y el tribunicio  fraile  muere en la hoguera. Siena es la última ciudad de la Toscana que sirve de baluarte a la República, pero la escoria aventurera de todo el mundo acude a engrosar el ejército  de los Médicis, y Siena cae exánime sobre el abollado escudo, borrando con sangre el hermoso lema escrito  en oro sobre fondo azul: Libertas.

   Lo que más asombra es que en un período  tan interminable de guerras y revoluciones, de exterminio y desolación, cuando los florentinos forzosamente habían  de pensar desde la mañana a la noche en el medio de guardar incólume la cabeza, esta ciudad haya podido producir los hombres más célebres del mundo. En el país del arte (tres meses en Italia) (1896)